Pequeña biografía

 

Tuve a bien nacer en Madrid un siete de abril de 1959. Pudo ser en cualquier otro lugar, pero me gustaba la capital de España por muchas razones, entre ellas que acogían con amabilidad a todos los que llegaban de otros lugares.

Mi infancia, feliz e inocente, la pasé entre la corrala donde vine al mundo (en el barrio de Maravillas) y el colegio de los escolapios de la calle de la Farmacia. A medio camino se hallaba un lugar mágico, diminuto y sencillo: una tienda donde alquilaban tebeos y cómics, y por una peseta me llevaba un montón(literal) de lecturas que, sin yo saberlo, fueron las que me inculcaron una insana curiosidad por los libros y por las historias que ellos escondían entre sus páginas amarillentas.

Con trece años nos mudamos y mi nuevo colegio paso a ser uno propiedad de los marianistas en Carabanchel, el Amorós. En él encontré amigos que aún conservo y profesores a los que no puedo olvidar. Los viajes fin de curso en Mallorca, la buena media que daba la asignatura de religión… Hasta que llegó la universidad y me envolvió en una caja repleta de realidad, donde tan solo valía estudiar sin contar con el alma de los profesores. Empecé Derecho, pero en tercero me di cuenta de que no era lo mío. Estudié Historia de una manera egoísta, tan solo para mí. Y junto a un profesor repleto de creatividad y talento, Alberto González Vergel (director de TVE, teatro y ópera), encontré mi sitio para ganarme la vida; esa profesión llena de técnica e imaginación me llevó allende los mares para realizar cortometrajes, crear una empresa de publicidad, incursionarme en la selva por semanas, etc.

Pero regresé a mi Madrid tras unos años ajetreados y mis torpes conocimientos de Derecho me sirvieron para trabajar en una financiera francesa, donde lo mejor fue conocer al equipo que, aunque aquello terminara en 1996, todavía hoy seguimos juntándonos para comer de vez en cuando.

Al comenzar el siglo veintiuno, me encontraba dando clases de fotografía y cine a personas que querían llevar a buen término lo que su imaginación creaba. Me gustó impartir esas clases.

Sin embargo, desde aquellos tiempos en que alquilaba tebeos para vivir las aventuras del Capitán Trueno o el Jabato, reírme con Rompetechos, el botones Sacarino, Mortadelo y Filemón, mi mente tan solo anhelaba crear historias para que los demás las conociesen. Primero lo intenté a través del cine, luego del video y por fin, dándome cuenta de que es casi imposible que un guion vea la luz en un país de amiguismo, la propia vida me arrastró a lo que ya tanteé siendo joven; escribir en papel era la mejor opción. Es barato y una vez que terminas una historia, te sientes Homero, aunque tu obra no hable de Odiseo ni de Aquiles. Observar cómo la idea va cogiendo forma párrafo a párrafo es una de las sensaciones más grande que he vivido, y mis hijos no quieren que hable de mis novelas como si de hermanos suyos se tratara.

En 2009 di a luz “La estela del navegante”, ucronía histórica. Tras un infarto donde estuve muy cerca del túnel, dejé en pausa “La última conciencia” hasta que en 2018 estuvo lista para publicarse. En plena pandemia pude escribir “Habrit; el legado azul”, aunque no estuvo preparada hasta principios de 2022; incluso un libro de historias variadas “Doce relatos improbables” se le adelantó y se publicó en 2021.

En estos momentos (julio de 2022) estoy preparando la presentación de “Habrit; el legado azul” para otoño y escribiendo una novela más costumbrista, casi toda ella en tierras gallegas.