A orillas del Orzán
Rosalía, infelizmente casada, descubre otro tipo de amor mal visto para la época, con la amante de su marido. Para asimilarlo, escapa a su Galicia natal donde recapacitará junto a su familia. La abuela Pepita, matriarca incombustible, sigue luchando por mantener a su familia unida, como siempre hizo, en A Coruña. Las dos mujeres son retratadas en distintas épocas de sus vidas. La nieta, en plena movida madrileña y en sus entrañables lugares de juventud junto a sus primas. La abuela, a través del siglo XX desde que fue madre por primera vez. Pero un oscuro secreto es descubierto por Rosalía respecto a la forma de amar de su abuela. La narración va y viene de una época a otra para mostrarnos la esencia de las dos protagonistas.
Esta novela tiene una dedicatoria especial:
A mis dos abuelos, a los que no conocí gracias a una guerra abyecta. Uno murió fusilado, sin juicio previo, por un bando. El otro, preso lo llevó el bando contrario hasta que sus pulmones se llenaron de muerte. Inocentes ambos, desaparecieron los dos.
A mis dos abuelas, viudas gracias a una guerra absurda, que vieron cómo sus hijos crecían sin el cariño de un padre y sin la ayuda de un marido para sacarlos adelante. Luchadoras incansables, mujeres valientes las dos.
Pero también quiero dedicar esta novela a la mujer más emblemática de la literatura española, que me cautivó en mi adolescencia con su eterna y preciosa poesía. Una mujer llena de libertad y dulzura, de romanticismo y oscuridad, de constancia y lucidez.
Rosalía de Castro se merece un altar en el cielo de las letras, por acercarnos a nuestra propia alma con tanta belleza, pero también por escribir con tanta valentía contra todo signo de opresión.
“Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios aunque a mi alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las ca-denas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mu-jer son los grillos de la esclavitud. Yo, sin embargo, soy libre, libre como los pájaros, como las brisas, como los árabes en el desierto y los piratas en el mar. Libre es mi corazón, libre mi alma, y libre mi pensamiento que se alza al cielo, y desciende hasta la tierra, soberbio como Luzbel, y dulce como una esperanza. Cuando los Señores de la tierra me amenazan con una mirada, o quieren manchar mi frente con una mancha de oprobio, yo me río como ellos se ríen, y hago, en apariencia, mi iniquidad más grande que su iniquidad. En el fondo, no obstante, mi corazón es bueno, pero no acato los mandatos de mis iguales y creo que su hechura es igual a mi hechura, y que su carne es igual a mi carne. Yo soy libre. Nada puede contener la marcha de mis pensamientos, y ellos son la ley que rige mi destino” (Rosalía de Castro – 1858)
